viernes, 30 de junio de 2017

Nunca he visto dos nubes iguales

           Día de verano en el lago del bosque, Carl Frederik Aagaard (1877)

Nunca he visto dos nubes iguales,
ni dos hojas de roble,
ni dos perros, o gatos, o caballos,
ni, desde luego, dos rostros;
nunca he sentido dos emociones iguales,
nunca he pensado dos pensamientos iguales,
nunca he soñado dos sueños iguales,
nunca he recordado dos escenas iguales.
Únicamente lo singular existe,
dueño de sí mismo, indómito.
El resto es una tiranía del lenguaje
para domesticar el alma.

Rafael Argullol
(Poema, 2017)

miércoles, 28 de junio de 2017

Volcanes y caricias

        Vista de Capri con el Vesubio al fondo, Edmund Berninger (h. 1929)

No me cuentes jamás ese secreto.

Guárdalo para ti.

Que entre los dos perdure
la convulsa belleza de esta isla.

Arrasada y altiva, negra y rota.

Incendiaria semilla de una tarde
que alumbró en tierra fértil, esas vides
escondidas al fondo de su propio abismo.

La lava entre los labios de este vino tan dulce.

La música del agua cuando cavo en tu piel
y elaboro con sed de azada antigua
la sagrada caricia, el beso oscuro,

tus derrames de azufre.

La convulsa belleza de aquel grito
que atravesó la isla

Fernando Beltrán
(Hotel vivir, 2015)

lunes, 26 de junio de 2017

Estoy en el incendio

                          Crepúculo en Venecia, Claude Monet (1908)

Más allá de tu pupila colmada de mercurio,
en la más inconsolable almena de la noche,
estoy en el incendio de todo lo que fuimos.

¡Si yo pudiera remontar por el confín del humo,
con pájaros de olvido volver atrás los años
hasta el abril primero cuando aún no existías!
¡Si encontrara allí tu cuerpo intacto de mi cuerpo,
tu nombre transparente para colmar el mundo
con el fervor descalzo del misterio más limpio!

Con qué equivocada furia la noche sin testigos
en deshauciadas llamas consume nuestro abrazo;
es lumbre de nostalgia, bengala del  insomnio,
es quimera asfixiada en el envés del humo.
Estoy en el incendio de todo lo que fuimos.

Quizá todo adiós es festín de ceniza,
el gesto inútil de un animal que muere
y deja caer su sombra, apenas huérfana,
en el cauce apresurado
                                          del olvido.

Alberto Conejero
(Si descubres un incendio, 2016)

jueves, 22 de junio de 2017

A Él

                              Paisaje tropical, Albert Bierstadt (1830-1902)

    Era la edad lisonjera
en que es un sueño la vida;
era la aurora hechicera
de mi juventud florida
en su sonrisa primera:

    cuando sin rumbo vagaba
por el campo silenciosa
y en escuchar me gozaba
la tórtola que entonaba
su querella lastimosa.

    Melancólico fulgor
blanca luna repartía,
y el aura leve mecía
con soplo murmurador
la tierna flor que se abría.

    ¡Y yo gozaba! El rocío
–nocturno llanto del cielo–,
el bosque espeso y umbrío,
la dulce quietud del suelo,
el manso correr del río,

    y de la luna el albor,
y el aura que murmuraba
acariciando a la flor,
y el pájaro que cantaba...,
¡todo me hablaba de amor!

    Y trémula, palpitante,
en mi delirio extasiada,
miré una visión brillante,
como el aire perfumada,
como las nubes flotante.

    Ante mí resplandecía
como un astro brillador,
y mi loca fantasía
al fantasma seductor
tributaba idolatría.

    Escuchar pensé su acento
en el canto de las aves;
eran las auras su aliento,
cargadas de aromas suaves,
y su estancia el firmamento...

    ¿Qué extraño ser era aquel?
¿Era un ángel o era un hombre?
¿Era un dios o era Luzbel?...
¿Mi visión no tiene nombre?
¡Ah, nombre tiene: era Él!

    El alma soñaba tu imagen divina
y en ella reinabas ignoto señor,
que acaso su instinto feliz adivina
los rasgos que debe grabarle el amor.

    Al sol en que el cielo de Cuba destella,
del trópico ardiente brillante fanal,
tus ojos eclipsan; tu frente descuella
cual se alza en la selva la palma real.

    Del genio la aureola radiante, sublime,
ciñendo contemplo tu pálida sien,
y al verte, mi pecho palpita y se oprime,
dudando si formas mi mal o mi bien.

    Que tú eres, no hay duda, mi sueño adorado,
el ser a quien tanto mi pecho anheló;
mas, ¡ay!, que mil veces el hombre, arrastrado
por fuerza enemiga, su tumba buscó.

     Así vi a la mariposa
inocente, fascinada,
en torno a la luz amada
revolotear con placer;
insensata se aproxima
y la acaricia insensata,
hasta que la luz ingrata
devora su frágil ser.

    Y es fama que allá en los bosques
que habita el indio indolente
nace y crece una serpiente
de prodigioso poder.
Si sus hálitos exhala,
en apariencia süaves,
volando bajan las aves
en su garganta a caer.

    ¿Y dónde van esas nubes
por el viento compelidas;
dónde esas hojas perdidas
que del árbol arrancó?...
¡Ay!, lo ignoran: las arrastra
el poder de su destino,
y ceden al torbellino
como al amor cedí yo.

    Así vuelan resignadas
y no saben dónde van...,
pero siguen el sendero
que les traza el huracán.

    Vuelan, vuelan en sus alas
nubes y hojas a la par,
ora al cielo las levante,
ora las hunda en el mar.

    ¿Y a qué pararse sirviera?
¿A qué el término inquirir?
¡Ya a la altura, ya al abismo,
su curso habrán de seguir!


Gertrudis Gómez de Avellaneda
(Poesías, 1841)

lunes, 19 de junio de 2017

Cando ninguén os mira

                           Ladera arbolada, Albert Bierstadt (1830-19o2)

Cando ninguén os mira,
vense rostros nubrados e sombrisos,
homes que erran cal sombras voltexantes
por veigas e campíos.
 

Un, enriba dun cómaro
séntase caviloso e pensativo;
outro, ó pe dun carballo queda inmóvil,
coa vista levantada hacia o infinito.
 

Algún, cabo da fonte recrinado
parés que escoita atento o marmurío
da auga que cai, i exhala xordamente
tristísimos sospiros.
 

¡Van a deixala patria...!
Forzoso, mais supremo sacrificio.
A miseria está negra en torno deles,
¡ai!, ¡i adiante está o abismo...!


Rosalía de Castro
(Follas novas, 1880)

Versión al castellano de Un poema cada día

Cuando nadie los mira,
vense rostros nublados y sombríos,
hombres que yerran cual sombras volteantes
por vegas y baldíos.

Uno, encima de un collado
siéntase caviloso y pensativo;
otro, al pie de un roble queda inmóvil,
con la vista levantada al infinito.

Alguno, cabe la fuente reclinado
parece que escucha atento el ruido
de agua que cae, y exhala sordamente
tristísimos suspiros...

¡Van a dejar la patria...!
Forzoso, mas supremo sacrificio.
La miseria está negra en torno de ellos,
¡ay!, ¡y delante está el abismo...!

(Hojas nuevas, 1880)

lunes, 5 de junio de 2017

Rima LVI

 Monumento a Bécquer en el Parque de la Quinta de la Fuente del Berro

    Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno,

y andar... andar.

    Moviéndose a compás como una estúpida

máquina el corazón;
la torpe inteligencia del cerebro

dormida en un rincón.

    El alma que ambiciona un paraíso,

buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda

ignorando por qué.

    Voz que incesante con el mismo tono

canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae

y cae sin cesar.

    Así van deslizándose los días

unos de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer, probablemente

mañana como hoy.

    ¡Ay! ¡a veces me acuerdo suspirando

del antiguo sufrir!
¡Amargo es el dolor pero siquiera
¡padecer es vivir!

Gustavo Adolfo Bécquer
            (Rimas, 1871)

sábado, 3 de junio de 2017

Era más de media noche

 Ruinas de Oybin a la luz de la luna, atribuido a Caspar David Friedrich (1774-1740)

     Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego, envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
     Súbito rumor de espadas
cruje y un «¡ay!» se escuchó;
un «¡ay!» moribundo, un «¡ay!»
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela
y da al que lo oyó temblor.
Un «¡ay!» de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.

                   El ruido
              cesó,
              un hombre
              pasó
              embozado,
              y el sombrero
              recatado
              a los ojos
              se caló.
              Se desliza
              y atraviesa
              junto al muro
              de una iglesia,
              y en la sombra
              se perdió.

     Una calle estrecha y alta,
la calle del Ataúd,
cual si de negro crespón
lóbrego eterno capuz
la vistiera, siempre oscura
y de noche sin más luz
que la lámpara que alumbra
una imagen de Jesús,
atraviesa el embozado,
la espada en la mano aún,
que lanzó vivo reflejo
al pasar frente a la cruz.


José de Espronceda
(El estudiante de Salamanca, 1839)

domingo, 28 de mayo de 2017

El Ciervo en la Fuente


                           Ciervos y venados,  Carl Friedrich Deiker (1871)

     Un Ciervo se miraba
en una hermosa cristalina Fuente;
placentero admiraba
los enramados cuernos de su frente,
pero al ver sus delgadas, largas piernas,
al alto cielo daba quejas tiernas.
      «¡Oh dioses! ¿A qué intento,
a esta fábrica hermosa de cabeza
construir su cimiento
sin guardar proporción en la belleza?
¡Oh qué pesar! ¡Oh qué dolor profundo!
¡No haber gloria cumplida en este mundo!»
      Hablando de esta suerte
el Ciervo, vio venir a un lebrel fiero.
Por evitar su muerte,
parte al espeso bosque muy ligero;
pero el cuerno retarda su salida,
con una y otra rama entretejida.
      Mas libre del apuro
a duras penas, dijo con espanto:
«Si me veo seguro,
pese a mis cuernos, fue por correr tanto;
lleve el diablo lo hermoso de mis cuernos,
haga mis feos pies el cielo eternos».
      Así frecuentemente
el hombre se deslumbra con lo hermoso;
elige lo aparente,
abrazando tal vez lo más dañoso;
pero escarmiente ahora en tal cabeza:
el útil bien es la mejor belleza
.


Félix María de Samaniego
          (1745-1801)

martes, 23 de mayo de 2017

Poética

 
        Lecciones de un alquimista, Antonio Muñiz (2012) 

La poesía no debe ser un arma, 
debe ser un abrazo,
un invento,
un descubrir a los demás
lo que les pasa por dentro,
eso, un descubrimiento,
un aliento,
un aditamento,
un estremecimiento.
La poesía debe ser
obligatoria.


Gloria Fuertes
(Historia de Gloria, 1980)

domingo, 14 de mayo de 2017

¡Ay mísero de mí, y ay infelice!

                  Cautivo en prisión, Mihály Zichy (1850)

                      SEGISMUNDO
    ¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque, si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Solo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
–dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer–,
qué más os pude ofender,
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?

Nace el ave, y, con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?

Nace el bruto, y, con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
–gracias al docto pincel–,
cuando, atrevido y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?

Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas

sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?

Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huida;
¿y teniendo yo más vida,
tengo menos libertad?

En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón,
negar a los hombres sabe
privilegio tan süave,
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,

a un pez, a un bruto y a un ave? 

Calderón de la Barca
(La vida es sueño, 1636)

miércoles, 10 de mayo de 2017

En las mañanicas del mes de mayo

                           Flores de primavera, Iosif Krachkovsky (1905)

    En las mañanicas
del mes de mayo 
cantan los ruiseñores,
retumba el campo.
    En las mañanicas,
como son frescas,
cubren ruiseñores
las alamedas.
    Ríense las fuentes
tirando perlas
a las florecillas
que están más cerca.
    Vístense las plantas
de varias sedas,
que sacar colores
poco les cuesta.
    Los campos alegran
tapetes varios,
cantan los ruiseñores,
retumba el campo.

Lope de Vega
(El robo de Dina, 1615-1622)

domingo, 7 de mayo de 2017

Detén tu curso, Henares, tan crecido

                  En el río Cache la Poudre, Worthington Whittredge (1871) 

    Detén tu curso, Henares, tan crecido,
de aquesta soledad músico, amado,
en tanto que, contento, mi ganado
goza del bien que pierde este afligido;

    y en tanto que en el ramo más florido
endechas canta el ruiseñor, y el prado
tiene de sí al verano enamorado,
tomando a mayo su mejor vestido.

    No cantes más, pues ves que nunca aflojo
la rienda al llanto en míseras porfías,
sin menguárseme parte del enojo.

    Que mal parece, si tus aguas frías
son lágrimas las más, que triste arrojo,
que canten, cuando lloro, siendo mías.

Francisco de Quevedo
          (1580-1645)

viernes, 28 de abril de 2017

Duélete de esa puente, Manzanares

                       Lavanderas del Manzanares, Casimiro Sainz (1878)

Duélete de esa puente, Manzanares;
mira que dice por ahí la gente
que no eres río para media puente,
y que ella es puente para muchos mares.
 

Hoy, arrogante, te ha brotado a pares
húmedas crestas tu soberbia frente,
y ayer me dijo humilde tu corriente
que eran en marzo los caniculares.
 

Por el alma de aquel que ha pretendido
con cuatro onzas de agua de chicoria
purgar la villa y darte lo purgado,
 

me di ¿cómo has menguado y has crecido?,
¿cómo ayer te vi en pena, y hoy en gloria?

–Bebióme un asno ayer, y hoy me ha meado.

Luis de Góngora
(1561-1627)

miércoles, 26 de abril de 2017

Mozuelas las de mi barrio

Mujeres en la ventana, Bartolomé Esteban Murillo (1665-1675)

Mozuelas las de mi barrio, 
loquillas y confiadas,
mirad no os engañe el tiempo,
la edad y la confianza.
No os dejéis lisonjear
de la juventud lozana,
porque de caducas flores
teje el tiempo sus guirnaldas.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Vuelan los ligeros años,
y con presurosas alas
nos roban, como Harpías,
nuestras sabrosas viandas.
La flor de la maravilla
esta verdad nos declara,
porque le hurta la tarde
lo que le dio la mañana.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Mirad que cuando pensáis
que hacen la señal de la Alba
las campanas de la vida,
es la queda y os desarma
de vuestro color y lustre,
de vuestro donaire y gracia,
y quedáis todas perdidas
por mayores de la marca.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Yo sé de una buena vieja
que fue un tiempo rubia y zarca,
y que al presente le cuesta
harto caro el ver su cara;
porque su bruñida frente
y sus mejillas se hallan
más que roquete de obispo
encogidas y arrugadas.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Y sé de otra buena vieja
que un diente que le quedaba
se lo dejó estotro día
sepultado en unas natas;
y con lágrimas le dice:
«Diente mío de mi alma,
yo sé cuánto fuisteis perla,
aunque agora no sois nada.»
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Por eso, mozuelas locas,
antes que la edad avara
el rubio cabello de oro
convierta en luciente plata,
quered cuando sois queridas,
amad cuando sois amadas,
mirad, bobas, que detrás
se pinta la ocasión calva.
¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!


Luis de Góngora
(1561-1627)

sábado, 22 de abril de 2017

Conjura

           Lesbia, John Reinhard Weguelin (1878)

Tu espalda
zarpa de gato blanco.

Tus muslos
antorchas encendidas.

Tu vientre
teja de leche dura.

Tu boca
runa de luz.

Tu pelo 
chorro de lava quieta.

Tus manos
incendios de cristal.

Tus pechos
corazones de punta.

Tu sexo
flecha de sombra.

Ven esta noche,
ven esta noche,
ven esta noche.

Álvaro Tato
(Vuelavoz, 2017)

martes, 18 de abril de 2017

Conversación

                  Melancolía, Edvard Munch (1894)

Cada vez que te hablo, otras palabras
escapan de mi boca, otras palabras.
No son mías. Proceden de otro sitio.
Me muerden en la lengua. Me hacen daño.
Tienen, como las lanzas de los héroes,
doble filo, y los labios se me rompen
a su contacto, y cada vez que surgen
de dentro –o de muy lejos, o de nunca–,
me fluye de la boca un hilo tibio
de sangre que resbala por mi cuerpo.
Cada vez que te hablo, otras palabras
hablan por mí, como si ya no hubiese
nada mío en el mundo, nada mío
en el agotamiento interminable
de amarte y de sentirme desamado.


Luis Alberto de Cuenca
(La caja de plata, 1985)

viernes, 31 de marzo de 2017

Más recomendaciones para Julias

Muchacha con sombrero, Galina Alexeevna Rumiantseva (1960)

No caigas nunca en el amor por lo trágico,
en ese concurrido amor por lo terrible
que linda tu carroza, en esos aires
negros de tuba atroz, tres veces dicho,
no es fácil, y no llores
al volver
pero tampoco
al ir, no llores
y punto, vive
como si  fuera un verbo que tuviera
sentido,
enciende
rápido
esa
vela,
no le quites al libre su limosna,
no quedes en las plazas,
no hagas ruido.
Llama siempre que ames, ama aunque
te digan que te arañará (no es raro), y
te nieguen el oasis en la frente,
pero no seas
nunca
sólo
azar,
sal
de tu vida como quien entra a solas en un supermercado
y no duda en cambiar su sempiterna marca de refrescos azules de momento,
di
no
al revés
y no te trices nunca,
y pase lo que pese
sigue, sigue
como si no
fuera contigo,
como si
te acompañaras, lámpara
de una luz nueva, de una nueva
máquina
más.

Sé que no eres mi hija (sé que no eres
hija de nadie, y yo no tengo trazos
desiguales que darte),  pero
no temas más y no maceres este tiempo tuyo
que te repite así su tic-tac mágico:
no mires el reloj, detente, date
y descubre las cosas del alma de las cosas
del alma. No me importa
si recuerdas o no quién te lo dijo,
pero jamás des tus gemidos a esos
crueles pequeños que aún creen en lecciones
de leche. Olvídame, camina,
busca a dios
donde quieras,
resúmete en cualquier contrasentido
y elige tu color. Sin miedo
ni esperanza, conócete a ti misma,
duda del nihil novus y esas viejas valijas
y, preclaro platón, pliego de plácemes,
dale oído a ese adagio luminoso
que aconseja primero no dañar, primum non nocere,
ojalá todo esté en  los libros,
tengo que irme, siempre estamos marchándonos,
reclama, no te manches,
no temas, 
salta, 
date
más
hoy,
es
toy,

fir
me,
ven,
adiós.

Gonzalo Escarpa
(Fatiga de materiales, 2006)

sábado, 25 de marzo de 2017

La ciudad de las casas azules

                               Puerto de Saint-Cast, Paul Signac (1890)

Te inventaré una ciudad de casas azules donde siempre serás nombrada
con el nombre que inventé para ti.
¡Estás tan linda cuando luces el nombre que inventé para ti!
Enterraremos ese otro –azaroso y furtivo- que ahora te viste, en un lugar que se parezca
a todos los lugares que conocemos
para que cuando nos dé alcance su nostalgia,
no recordemos dónde fenece.

Te inventaré un oficio que ocupe tus días en la ciudad de las casas azules:
algo así como desordenar las caracolas de la playa
o apuntalar castillos de arena.
Algo importante que entretenga tus manos para que no pierdas el tiempo
abrazada a los árboles,
regalando el don de tus caricias a aquellos que nunca te arroparán. 

(A esos estúpidos ásperos a los que entregas tu cuerpo).

Te inventaré una ciudad de casas azules donde todos te conocerán
por el nombre que inventé para ti y tus manos, hacendosas,
desordenarán las caracolas de la playa
o cuidarán de los castillos de arena
para que los árboles no te susurren jamás

que echan de menos tu piel.

Vega Cerezo
(Yo soy un país, 2013)

martes, 21 de marzo de 2017

En mi poesía no hay sitios


                         Hélice, Robert Delaunay (1923)

En mi poesía no hay sitios
No hay malavez nombres ni 
años añoranzas tiempos 
pasados pisados puentes 
ni acueductos ni calles
En mi poesía no hay anales 
tampoco tramas o temas 
ni banderas ni oficinas 
En mi poesía no hay público 
ni sermones ni discursos 
ni ruedan trenes y no hay 
luna en mi poesía ni países 
En mi poesía no hay fines 
para entretener o sonar 
con palabras cadavéricas 
En mi poesía hay fulgor

Carlos Edmundo de Ory
(Energeia, 1978)

viernes, 17 de marzo de 2017

Cabra sola

Cubierta de la magnífica antología sobre la vida y obra de Gloria Fuertes
preparada por Jorge de Cascante en Blackie Books

Hay quien dice que soy como una cabra;
lo dicen lo repiten, ya lo creo;
pero soy una cabra muy extraña
que lleva una medalla y siete cuernos.
¡Cabra! En vez de mala leche yo doy llanto.
¡Cabra! Por lo más peligroso me paseo.
¡Cabra! Me llevo bien con alimañas todas.
¡Cabra! Y escribo en los tebeos.
Vivo sola, cabra sola,
–que no quise cabrito en compañía–
cuando subo a lo alto de este valle
siempre encuentro un lirio de alegría.
Y vivo por mi cuenta, cabra sola;
que yo a ningún rebaño pertenezco.
Si sufrir es estar como una cabra,
entonces sí lo estoy, no dudar de ello. 

Gloria Fuertes
(Poeta de guardia, 1968)

martes, 14 de marzo de 2017

Cabras solas que os dejáis los cuernos

                                                               A Gloria Fuertes, in memoriam

Cabras solas que os dejáis los cuernos
que os tragáis la leche
qué leche estar muerto....
 

Cabras solas que os echáis al monte
lleno de alimañas y demás sujetos...
 

Adjetivos, pronombres, artículos,
¡uníos , tejedme una alfombra de versos!
 

Que este pasto de luz donde vivo
cabras solas
también sea vuestro.


Belén Reyes
(Ponerle un bozal al corazón, 2002)

lunes, 6 de marzo de 2017

Galatea

                           El Parque Monceau, Gustave Caillebotte (1877)

No sabía qué hacer aquella tarde.
Tú estabas enfadado y no querías
salir. Me fui al Parque del Oeste
y estuve paseando mucho rato
sin encontrar un alma. En el invierno
casi nadie pasea por los parques.
No pensé nada. Me senté en un banco
y encendí un cigarrillo. De repente
un hombre joven se sentó a mi lado.
Le miré y vi que había un solo ojo
en mitad de su frente, un ojo oscuro,
tristísimo y brillante. Me miraba
como pidiendo ayuda, suplicando.
Ninguno de los dos dijimos nada.
Él miraba mis ojos y yo el suyo.
En silencio empezó a llorar despacio,
se avergonzó y se fue. Yo no hice nada
por detenerle. Tú no te creíste
ni una palabra de esta historia, pero
yo me lleno de angustia y de tristeza,
aunque quiera evitarlo, si recuerdo

al cíclope del Parque del Oeste.

Amalia Bautista
(Cárcel de amor, 1988)

martes, 28 de febrero de 2017

Muerte en el olvido

                 Amantes, Pierre-Auguste Renoir (1875)

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
                         Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
–oscuro, torpe, malo– el que la habita...


Ángel González
(Áspero mundo, 1956)

sábado, 25 de febrero de 2017

No vale gritar

             Mirando por la ventana, Georg Schrimpf (1932)

Hay días que el camino se hace difícil,
se estrecha por el sitio de los precipicios
y si llegas al valle te sueltan los toros.
Si estás en casa,
se te cae el techo encima y el alma a los pies.

No vale gritar.
Aquí no hay quien te eche una mano,
y si te descuidas te hacen leña.
No desmayes en el dolor,
que te pisarán al pasar.
Aviva los sentidos,
agudiza la vista,
porque estás rodeado de cazadores.
Quieren cazar el "puesto" que tienes,
el amor, o tan solo la paz.
Amigo, ponte en guardia,
que esto de vivir es peligroso,
que puede venir alguien a pegarte,
y si te dejas...
eres un elegido,
a ti no se te pueden dar consejos!


Gloria Fuertes
(Todo asusta, 1958)

martes, 21 de febrero de 2017

Lágrima

                  Marina II, Guillermo Gómez Gil (1862-1942)

No veían la lágrima.

Inmóvil
en el centro de la visión, brillando,
demasiado pesada para rodar por mejilla de hombre,
inmensa,
decían que una nube, pretendían, querían
no verla
sobre la tierra oscurecida,
brillar sobre la tierra oscurecida.

Ved en cambio a los hombres que sonríen,
los hombres que aconsejan la sonrisa.
Vedlos
presurosos, que acuden.
Frente a la sorda realidad
peroran, recomiendan, imponen confianza.
Solícitos, ofrecen sus servicios. Y sonríen,
sonríen.
              Son los viles
propagandistas diplomados
de la sonrisa sin dolor, los curanderos
sin honra.

La lágrima refleja
solo un brillo furtivo
que apenas espejea.
La descubre la sed,
apenas, de los ojos
sobre los doloridos
utensilios humanos
–igual como descubre
el río que, invisible,
espejea en las hojas
movidas–, pero a veces
en cambio, levantada,
manifiesta, terrible,
es un mar encendido
que hace daño a los ojos,
y su brillo feroz
y dura transparencia
se ensaña en la sonrisa
barata de esos hombres
ciegos, que aún sonríen
como ventanas rotas.

He ahora el dolor
de los otros, de muchos,
dolor de muchos otros, dolor de tantos hombres,
océanos de hombres que los siglos arrastran
por los siglos, sumiéndose en la historia.
Dolor de tantos seres injuriados,
rechazados, retrocedidos al último escalón,
pobres bestias
que avanzan derrengándose por un camino hostil,
sin saber dónde van o quién les manda,
sintiendo a cada paso detrás suyo ese ahogado resuello
y en la nuca ese vaho caliente que es el vértigo
del instinto, el miedo a la estampida,
animal adelante, hacia adelante, levántándose
para caer aún, para rendirse
al fin, de bruces, y entregar
el alma porque ya
no pueden más con ella.
Así es el mundo
y así los hombres. Ved
nuestra historia, ese mar,
ese inmenso depósito de sufrimiento anónimo,
ved cómo se recoge
todo en él: injusticias
calladamente devoradas, humillaciones, puños
a escondidas crispados
y llantos, conmovedores llantos inaudibles
de los que nada esperan ya de nadie...
Todo, todo aquí se recoge, se atesora, se suma
bajo el silencio oscuramente,
germina
para brotar adelgazado en lágrima,
lágrima transparente igual que un símbolo,
pero reconcentrada, dura, diminuta
como gota explosiva, como estrella
libre, terrible por los aires, fulgurante, fija,
único pensamiento de los que la contemplan
desde la tierra oscurecida,
desde esta tierra todavía oscurecida.

Jaime Gil de Biedma
(Compañeros de viaje, 1959)

martes, 14 de febrero de 2017

Canto a España

       Portalón del Monasterio de Piedra, Jaime Morera y Galicia (1854-1927)

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo.
Clavel encendido de sueños de fuego.
He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas,
andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.

¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos
que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades?
¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura?
¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas,
arrojar a una hoguera tus viejas hazañas,
dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora,
ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Quisiera asistir a tu sueño completo,
mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota,
hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.

Qué tristes he visto a tus hombres.
Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche,
comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo,
dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza.
Les pides que pongan sus almas de fiesta.
No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento,
que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras.

Oh España, qué triste pareces.
Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo,
saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.

Y sobre la noche marina, borrada tu estela,
España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días.
Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino.
Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena...

...en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama,
cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente
la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio...


José Hierro
(Quinta del 42, 1952)

domingo, 12 de febrero de 2017

Fidelidad

 Amanecer en el Castillo de Norham , Joseph Mallord William Turner (1845)

Creo en el hombre. He visto
espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos
(españas a caballo
del dolor y del hambre). Y he creído.
 

Creo en la paz. He visto
altas estrellas, llameantes ámbitos
amanecientes, incendiando ríos
hondos, caudal humano
hacia otra luz: he visto y he creído.
 

Creo en ti, patria. Digo
lo que he visto: relámpagos
de rabia, amor en frío, y un cuchillo
chillando, haciéndose pedazos
de pan: aunque hoy hay solo sombra, he visto 

y he creído.

Blas de Otero
(Pido la paz y la palabra, 1955)

sábado, 4 de febrero de 2017

Aceituneros

                     Olivar, Vicent van Gogh (1889)

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que solo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.


Miguel Hernández
(Viento del pueblo, 1937)

jueves, 2 de febrero de 2017

Tras de un amoroso lance

                                 Lago King, Albert Bierstadt (h. 1870-1875)

Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto
que le di a la caza alcance.

Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino
que de vista me perdiese;
y con todo en este trance
en el vuelo quedé falto,
mas el amor fue tan alto
que le di a la caza alcance.

Cuando más alto subía,
deslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en oscuro se hacía;
mas por ser de amor el lance,
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba.
Dije: "No habrá quien alcance".
Abatime tanto, tanto
que fui tan alto, tan alto
que le di a la caza alcance.

Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo
porque esperanza del cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé solo este lance
y en esperar no fui falto
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.


San Juan de la Cruz
(1542-1591)

domingo, 29 de enero de 2017

En vano el mar fatiga

            Tántalo, Gioacchino Assereto (h. 1630-1640)

    En vano el mar fatiga
la vela portuguesa, que ni el seno
de Persia ni la amiga
Maluca da árbol bueno,
que pueda hacer un ánimo sereno.

    No da reposo al pecho,
Felipe, ni la India, ni la rara
esmeralda provecho;
que más tuerce la cara
cuanto posee más el alma avara.

    Al capitán romano
la vida, y no la sed, quitó el bebido
tesoro persïano;
y Tántalo, metido
en medio de las aguas, afligido

    de sed está; y más dura
la suerte es del mezquino, que sin tasa
se cansa ansí, y endura
el oro, y la mar pasa
osado, y no osa abrir la mano escasa.

    ¿Qué vale el no tocado
tesoro, si corrompe el dulce sueño,
si estrecha el ñudo dado,
si más enturbia el ceño,
y deja en la riqueza pobre al dueño?


Fray Luis de León
(1527-1591) 

*El capitán romano: Mario Licino Craso.
  Endura: guarda, atesora.

viernes, 27 de enero de 2017

Si a vuestra voluntad yo soy de cera

    Retrato de la condesa de Grignan, Pierre Mignard (1612-1695)
 
    Si a vuestra voluntad yo soy de cera,
¿cómo se compadece que a la mía
vengáis a ser de piedra dura y fría?
De tal desigualdad, ¿qué bien se espera?

    Ley es de amor querer a quien os quiera,
y aborrecerle, ley de tiranía:
mísera fue, señora, la osadía
que os hizo establecer ley tan severa.

    Vuestros tengo riquísimos despojos,
a fuerza de mis brazos granjeados,
que vos nunca rendírmelos quisisteis;

    y pues Amor y esos divinos ojos
han sido en el delito los culpados,
romped la injusta ley que establecisteis.
 
Baltasar del Alcázar
(1530-1606)

jueves, 19 de enero de 2017

Clara Luna, que altiva y arrogante

           Diana y Endimión, Benedetto Gennari el Joven (1633-1715)

Clara Luna, que altiva y arrogante
vas haciendo reseña por el cielo
de tu hermosura que el nevado yelo
de tus cuernos la torna rutilante:

si en la memoria de tu dulce amante
no se ha muerto la gloria y el consuelo
que recibiste amando, y el recelo
con que le adormeciste en un instante,

vuelve a mirar de la miseria mía
la sinrazón; si acaso graves males
hallan blandura en tus serenos ojos.

Que ya –culpa del cielo– los veo tales,
que apartarán la amarga compañía
de estos tristes y míseros despojos.

Francisco de la Torre
(h. 1534-h. 1594)

sábado, 14 de enero de 2017

Égloga III (fragmento)

        La muerte de Adonis, Giovanni Battista Gaulli (1625)

    Climene, llena de destreza y maña,
el oro y las colores matizando,
iba de hayas una gran montaña,
de robles y de peñas varïando;
un puerco entre ellas, de braveza extraña,
estaba los colmillos aguzando
contra un mozo no menos animoso,
con su venablo en mano, que hermoso.


    Tras esto, el puerco allí se vía herido
de aquel mancebo, por su mal valiente,
y el mozo en tierra estaba ya tendido,
abierto el pecho del rabioso diente,
con el cabello de oro desparcido
barriendo el suelo miserablemente;
las rosas blancas por allí sembradas
tornaban con su sangre coloradas.


    Adonis este se mostraba que era,
según se muestra Venus dolorida,
que viendo la herida abierta y fiera,
sobre él estaba casi amortecida;
boca con boca coge la postrera
parte del aire que solia dar vida
al cuerpo por quien ella en este suelo
aborrecido tuvo al alto cielo.


Garcilaso de la Vega
(h. 1501-1536)
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